A linguagem incendiária do Cântico espiritual

Último post da série de poemas de Juan de La Cruz vertidos para o português

Mais incendiário que a Chama de amor viva, traduzida aqui, poucos textos da tradição mística ousaram tanto quanto o Cântico espiritual, poema que atravessa os limites entre o corpo e o espírito, entre o desejo carnal e o êxtase divino.

Nele, Juan de la Cruz leva ao paroxismo o erotismo sagrado que já perpassa sua obra anterior, explorando imagens tão sensoriais e íntimas que parecem transgredir o próprio vocabulário teológico, apenas para reinventá-lo desde dentro. Cada verso vibra como uma epifania da carne que busca o invisível, uma travessia amorosa em que o anseio humano não é obstáculo, mas via direta para o sagrado.

Escrito originalmente no cárcere, em Toledo, o poema configura-se como um mapa simbólico do reencontro entre a alma e seu Amado, uma jornada marcada por ausências, êxtases e revelações, que o próprio autor mais tarde tentaria explicar em longos comentários teológicos.

Mas mais uma vez o que escapa dessas glosas é justamente o que mais pulsa no texto: o caráter selvagem, íntimo e visceral da busca mística. A amada (alma em êxtase) emerge como protagonista, ora errante, ora enlaçada, traçando uma coreografia de desejo que é, ao mesmo tempo, transcendência e encarnação.

Chama atenção, nesse cenário de imagens em combustão, como o sagrado não se impõe de fora, mas irrompe de dentro, do corpo, do toque, do olhar. Ao contrário de uma espiritualidade que relega o desejo à sombra, o Cântico o assume como motor da experiência mística.

A noiva (figura da Igreja, da alma em busca) não se purifica pela negação do mundo, mas pela intensidade com que o atravessa. É nesse trânsito que o amor humano se transfigura em amor divino: as fontes, os bosques, as noites serenas, os peitos floridos não são apenas figuras poéticas, mas manifestações de um erotismo que, longe de vulgarizar o sagrado, encarna-o.

É essa tensão entre a carne e o invisível, entre o toque e o inefável, que torna o Cântico espiritual uma das obras mais radicais de Juan de la Cruz. Ao integrar a tradição bíblica do Cântico dos Cânticos com a lírica amorosa de raiz trovadoresca, o poema constrói uma linguagem híbrida – teológica, sim, mas também profundamente sensível.

A versão apresentada aqui contempla o poema em sua forma final, com 40 estrofes, e será acompanhada por exercícios de tradução que buscam ativar zonas simbólicas às vezes esquecidas por interpretações excessivamente doutrinárias. Como nas cantigas anteriores, não se trata de uma leitura ortodoxa, mas de uma escuta poética. Mais do que traduzir versos, a intenção é prolongar seu incêndio interior.

Cántico espiritual

Canciones entre el alma y el esposo

Esposa:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

(Pregunta a las Criaturas)

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

(Respuesta de las Criaturas)

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Esposa:

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.

Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

Mas ¿cómo perseveras,
oh vida, no viviendo donde vives,
y haciendo, porque mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del amado en ti concibes?

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!

¡Apártalos, amado,
que voy de vuelo!

Esposo:

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma,
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Esposa:

¡Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;

la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;

nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado!

A zaga de tu huella,
las jóvenes discurran al camino;
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.

En la interior bodega
de mi amado bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.

Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.

Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas:

en sólo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste;
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

Cuando tú me mirabas,
tu gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.

No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.

Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

Deténte, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el amado entre las flores.

Esposo:

Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado.

Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di al mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

O vos, aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,

por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.

Esposa:

Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.

Escóndete, carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.

Esposo:

La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado,
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.

En soledad vivía,
y en soledad he puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Esposa:

Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:

el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena
con llama que consume y no da pena;

que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

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Cântico espiritual

Canções entre a alma e o esposo

Esposa:

– Onde foi se esconder,
amado, que deixou-me aqui em gemido,
como o cervo a correr,
havendo-me ferido?
Saí por ti clamando, e tinha ido.

Pastores, vão e tirem
seus rebanhos de aquém daquele morro,
se, porventura, virem
aquele por quem corro,
digam-lhe que adoeço, peno e morro.

Buscando meus amores
irei por esses montes e folhagens;
não colherei as flores
não temerei pilhagens
tanto quanto de nobres ou selvagens.

(Pergunta às criaturas)

Os bosques e espessuras
são cultivados pelas mãos do amado;
o prado de verduras,
de flores, é esmaltado;
digam se por vocês houver passado.

(Resposta das criaturas)

– Mil graças derramando
passou por estes soutos com ternura
enquanto os foi fitando,
e só com sua figura
vestidos os deixou de formosura.

Esposa:

– Quem pode me sanar?
Entrega meu recado como espero.
Não o queira enviar
por algum mensageiro;
que mal sabem dizer quem ou o que quero.

E todos quantos passam
de ti, mil causos, vão cantarolando
e todos me rechaçam,
e deixa-os me matando
um não sei quê que calam balbuciando.

Mas, apesar do porre,
alma, que beber não pode, mas bebe
da fonte, você morre
das flechas que recebe
daquele que do amado em ti concebe.

Se deixou machucado
meu coração, por que não o curou?
Se ele me foi roubado,
por que assim o deixou?
Não vai levar o roubo que roubou?

Rumos – nojos – escolho-os,
e nada basta para desfazê-los,
põe-me uma venda no olho,
que se abre para vê-los,
que é somente pra ti que quero tê-lo.

Ó cristalina fonte,
se nesses seus semblantes prateados,
formasse num instante
os olhos desejados
que tenho nas entranhas debuxados!

Aparta-os, amado,
que vou de voo em voo.

Esposo:

– Voa de volta, pomba,
que o cervo vulnerado
outeiro acima tomba
ao sopro do teu voo, e fresco assoma.

Esposa:

– Meu amado, as montanhas,
os vales solitários nemerosos
as ilhas mais estranhas,
os rios onerosos
o vento quando silva aos amorosos,

a noite sossegada
amparada no sono de sua aurora,
a música calada,
a solidão sonora,
a ceia que recreia e enamora;

nosso leito florido,
de covas de leões entrelaçado,
de púrpura tingido,
de paz edificado,
de mil escudos de ouro coroado!

Seguem pegadas velhas
as jovens que refletem o caminho
ao toque da centelha,
ao bálsamo no linho;
infusões aromáticas do vinho.

No interior da adega
de meu amado bebi, e quando saía
pra fora da bodega
nada mais entendia
e a manada perdi que antes seguia.

Ali me deu seu peito,
ali me ensinou ciência saborosa
e me pegou de jeito
e dei, sem qualquer fossa;
ali lhe prometi ser sua esposa.

A alma tem se esforçado,
e todo meu caudal, para os seus vícios,
já não tenho um trocado
já nem tenho outro ofício,
pois amar é meu único exercício.

Se em nenhuma avenida
me acharem, nem na porta da balada,
digam que estou perdida,
que, andando apaixonada,
joguei na loteria e fui sorteada.

De flores e esmeraldas,
no frescor das manhãs ensandecidas,
faremos as grinaldas,
em teu amor florescidas
e em meu fio de cabelo entretecidas:

e naquele cabelo
em meu colo voar você tentou,
e em meu colo, ao vê-lo,
nele se pendurou
de encontro a um dos meus olhos, que furou.

Quando você me olhava,
sua graça em mim teus olhos imprimiam;
com isso me adornava
e nisso mereciam
os meus adorar tudo que em ti viam.

Não queira depreciar-me
se a cor morena em mim se destacou,
já bem pode mirar-me
depois que me mirou,
que graça e formosura em mim deixou.

Coagem-nos raposas,
mas já amadureceu a nossa vinha,
de um tanto de rosas
fazemos um pinha,
voyeur nenhum se esconde na moitinha.

Detenha-se, rês morta;
vem, austro que recorda seus amores,
aspira por minha horta
e corram seus odores,
e aparecerá o amado em meio as flores.

(Entrando está a esposa
dentro do horto ameno desejado,
repousa, saborosa-
mente, o colo inclinado
nos braços doces e doces do amado.)

Esposo:

– Ao pé da tentação,
comigo ali você foi desposada,
ali te dei a mão,
você foi reparada
onde tinha, tua mãe, sido violada.

Aos pássaros velozes,
leopardos, cervos, gamos saltadores,
montanhas, vales, fozes,
águas, ares, ardores
e, das noites, receios veladores,

pelas amenas liras
e canto de sereias, os conjuro
a que cessem suas iras,
e não toquem no muro,
para que a esposa durma o mais seguro.

Esposa:

– Ó, ninfas de Judeia!
entanto – pelas flores e roseiras
o âmbar incendeia – 
vocês e a derradeira
nem pensem em tocar nossas caveiras.

Esconda-se, carinho,
e mira com tua face pras montanhas –
sem puxar o gatilho;
mas mira pras entranhas,
la nave va, penínsulas estranhas…

(Já que a pombinha branca
com seu ramo no bico havia voltado,
na arca assentou a anca.
O noivo só boatos
fora visto com outra no mercado…

Em solidão vivia,
e em solidão seu ninho foi construído,
e em solidão seguia
sozinho seu querido
também em solidão de amor ferido.)

Esposa:

 – Mas gozemos, amado,
e vou voltar a ver tua formosura
no teu pico nevado,
de onde mana água pura.
Entremos mais pra dentro da espessura.

E logo por subidas
a cavernas de pedra nós iremos,
pois ficam escondidas,
e ali nós entraremos
e, ao mosto de romãs, saborearemos.

Ali me mostraria
aquilo que pedia a alma minha
e aquilo me daria
que, de tudo que tinha,
era o que mais valia, a primeirinha:

inspirar, expirar,
como o encanto da doce Filomena
quando canta ao luar
serenata serena
com chama que consome e não dá pena.

(Ninguém o encontrava.
Aminadab tampouco aparecia;
a poeira baixava
quando a cavalaria,
sob a vista das águas, descendia…)

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